miércoles, 23 de noviembre de 2011
Muerte de Cristo
Muerte de cristo
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martes, 22 de noviembre de 2011
viernes, 4 de noviembre de 2011
NACIMIENTO, INFANCIA Y JUVENTUD DE JESÚS
La natividad Uno de los países afectados por este decreto fue Palestina, cuyo rey, Herodes el Grande, era vasallo de Augusto. Esto puso a toda la tierra en movimiento; porque, de conformidad con la antigua costumbre judaica, el censo se tomaba, no en las localidades en donde los habitantes residieran sino en los lugares a que pertenecían como miembros de las doce tribus originales. Entre las personas que el edicto de Augusto, desde lejos, arrojó a los caminos, estaba una humilde pareja de la villa de Nazaret de Galilea, José, carpintero de la aldea, y María, su esposa. Para inscribirse en el registro debido, tenían que hacer un viaje de unos 150 kilómetros, porque a pesar de ser aldeanos, tenían en sus venas la sangre de reyes y pertenecían a la antigua y real ciudad de Belén, en la parte meridional del país. Día por día la voluntad del emperador, como una mano invisible, los impulsaba hacia el sur, por el pesado camino, hasta que por fin ascendieron la pedregosa subida que conducía a la puerta de la población; él amedrentado de ansiedad, y ella casi muerta de fatiga. Llegaron al mesón, pero lo hallaron atestado de forasteros que llevando el mismo negocio que ellos, habían llegado con anticipación. Ninguna casa abrió amistosamente sus puertas para recibirlos, y se resolvieron a preparar para su alojamiento un rincón del corral, que de otro modo hubiera sido ocupado por las bestias de los numerosos viajeros. Allí, en esa misma noche, ella dio a luz a su hijo primogénito; y por no haber una mano femenil que la ayudara, ni cama que lo recibiera, lo envolvió ella misma en pañales y lo acostó en un pesebre. De esta manera fue el nacimiento de Jesús. Nunca comprendí bien lo patético de la escena hasta que, estando un día en el cuarto de un antiguo mesón de la población de Eisleben, en la Alemania Central, me dijeron que en ese mismo punto, cuatro siglos hacía, en medio del ruido de un día de mercado y la confusión de un mesón, la esposa del pobre minero Hans Lutero, que estuvo allí en un negocio, sorprendida como María por una angustia repentina, dio a luz, en medio de tristeza y pobreza, al niño que había de ser Martín Lutero, el héroe de la Reforma y el creador de la Europa moderna. A la mañana siguiente, el ruido y la actividad comenzaron de nuevo en el mesón y en el corral. Los ciudadanos de Belén seguían con sus ocupaciones; el empadronamiento continuaba; y entre tanto el más grande suceso de la historia del mundo se había verificado. Nunca sabemos dónde pueda estarse iniciando el comienzo de una nueva época. La venida de cada nueva alma al mundo es un misterio y un arca cerrada llena de posibilidades. Sólo José y María conocían el tremendo secreto; que sobre ella, la virgen rústica y esposa del carpintero, se había conferido la honra de serla madre de Aquel que era el Mesías de su raza, el Salvador del mundo y el Hijo de Dios. Había sido predicho en la antigua profecía que el había de nacer en ese mismo punto: "Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel". El decreto del soberbio emperador hizo caminar hacia el sur a la fatigada pareja; pero otra mano los iba guiando, la de Aquel que encamina los intentos de emperadores y reyes, de estadistas y parlamentos, para llevar a cabo Sus propios propósitos, aunque ellos no lo conozcan. Los guiaba él que endureció el corazón de Faraón, llamó a Ciro como esclavo a sus pies, hizo del poderoso Nabucodonosor siervo suyo, y de la misma manera podía dominar para su magno propósito la soberbia y la ambición de Augusto César. |
martes, 4 de octubre de 2011
EL GRUPO ALREDEDOR DEL NIÑO
Aunque Jesús hizo su entrada al teatro de la vida de una manera tan humilde y silenciosa; aunque los ciudadanos de Belén ni soñaban lo que pasaba entre ellos; aunque el emperador de Roma ignoraba que su decreto había tenido que ver con el nacimiento de un rey que había de reinar no sólo sobre el mundo romano, sino también sobre muchas tierras en donde las águilas romanas no llegaron jamás; aunque a la mañana siguiente la historia del mundo seguía ruidosamente las vías de sus intereses ordinarios, completamente inconsciente del suceso que acababa de verificarse, sin embargo, este acontecimiento no pudo dejar del todo de llamar la atención. Tal como la criatura saltó en el vientre de la anciana Elizabet cuando se le acercó la madre del Señor, así cuando apareció Aquel que traía consigo un mundo nuevo, anticipaciones y presagios de la verdad nacieron en varios de los representantes del mundo antiguo que había de desaparecer. Aquí y allá, un temblor indefinido y apenas perceptible, conmovió a almas sensibles que estaban en espera, y las reunió alrededor de la cuna del niño. ¡Ved al grupo que se juntó para mirarle! Representa en miniatura toda su historia futura.
Primero vinieron los pastores, de los campos vecinos. Lo que no fue visto por los reyes y los grandes del mundo, fue motivo que arrebató a los príncipes del cielo hasta hacerles romper los límites de la invisibilidad con que se revisten, para expresar su gozo y explicar la significación del gran suceso. Y buscando los corazones más dignos para comunicarlo, los hallaron en estos sencillos pastores, que pasaban una vida de contemplación y oración en los campos llenos de instructivos recuerdos; en donde Jacob había guardado sus rebaños, donde Booz y Rut se casaron, y David, el personaje máximo del Antiguo Testamento, pasó su juventud. Allí aprendían éstos, por el estudio de los secretos y necesidades de sus propios corazones, mucho más, tocante a la naturaleza del Salvador venidero, que lo que pudiera aprender el fariseo en medio de la pompa religiosa del templo, o el escriba hurgando a ciegas en las profecías del Antiguo Testamento. El ángel los dirigió a donde estaba el Salvador, y se apresuraron a ir a la aldea para hallarlo. Eran representantes de la gente aldeana "de corazón bueno y recto" que más tarde formó la mayor parte de sus discípulos.
Después de ellos vinieron Simeón y Ana, representantes de los devotos e inteligentes escrutadores de las Escrituras que en aquel tiempo esperaban que apareciera el Mesías, y después vinieron a ser algunos de sus más fieles adherentes
Al octavo día después de su nacimiento, el niño fue circuncidado, "conforme a la ley", ingresó en el pacto y con su propia sangre escribió su nombre en la lista de la nación. Poco después, cuando terminaron los días de la purificación de María, lo llevaron de Belén a Jerusalén para presentarlo al Señor en el templo. Era "el Señor del templo entrando al templo del Señor"; pero pocos de los que visitaban el sagrado recinto deben de haber recibido menos atención por parte de los sacerdotes, porque María, en vez de ofrecer el sacrificio que era usual en semejantes casos, sólo pudo ofrecer dos tórtolas, la ofrenda de los pobres.
Sin embargo, había ojos que observaban, sin ser deslumbrados por la ostentación y el brillo del mundo, ante los cuales la pobreza del niño no lo ocultaba. Simeón, el anciano santo, que en respuesta a sus oraciones había recibido promesa secreta de que no moriría sin que hubiera visto al Mesías, encontró a los padres con el niño. Como un rayo pasó por su inteligencia la idea de que éste, por fin, era Aquél; y tomándolo en sus brazos, alabó a Dios por la venida de la luz que iba a ser revelada a los gentiles y la gloria de su pueblo Israel.
Mientras hablaba, otro testigo entró en el grupo. Era Ana, viuda piadosa que literalmente moraba en los atrios del Señor y había limpiado la vista de su espíritu con la eufrasia y la ruda de la oración y el ayuno, hasta que pudo traspasar con una mirada profética el velo del sentido. Agregó su testimonio al del anciano, alabando a Dios y confirmando el tremendo secreto a las otras almas que estaban en espera y en busca de la redención de Israel.
Los pastores y estos ancianos santos estaban cerca del punto en que el nuevo poder entraba al mundo. Pero el mismo suceso conmovió a almas susceptibles que estaban a una distancia mucho mayor. Es probable que fuera después de la presentación en el templo y después que sus padres habían vuelto a Belén, adonde querían fijar su residencia en vez de Nazaret, que Jesús fue visitado por los sabios del Oriente. Estos eran miembros de la clase instruida conocida por el nombre de magos, depositarios de la ciencia, la filosofía, la habilidad médica y los misterios religiosos de los países de más allá del Eufrates.
Tácito, Suetonio y Josefo nos dicen que prevalecía, en las regiones de donde vinieron los magos, una expectación general di que un gran rey iba a levantarse en Judea. Sabemos también, por los cálculos del gran astrónomo Kepler, que en ese mismo tiempo se veía en el cielo una brillante estrella temporaria. Los magos se dedicaban con ardor al estudio de la astrología y creían que todo fenómeno extraordinario en el cielo era señal de algún suceso notable en la tierra; y es posible que, viendo alguna relación entre esta estrella, a la cual indudablemente su atención estaba activamente dirigida, y esa expectación general de que hablan los antiguos historiadores, se dirigieran hacia el Occidente para ver si esta esperanza había sido cumplida. Pero debe de haberse despertado en ellos un deseo más profundo, al que Dios respondió. Si su indagación comenzó por la curiosidad y la especulación científica, Dios la condujo en adelante hasta llegar a la verdad perfecta.
Este es su modo de actuar siempre. En vez de increpar a los imperfectos, él nos habla en lenguaje que comprendemos, aunque exprese su idea muy imperfectamente y de este modo nos conduce a la verdad perfecta. De la misma manera que hizo uso de la astrología para conducir a la astronomía, y de la alquimia para conducir a la química, y tal como el Renacimiento literario precedió a la Reforma, así él empleó la erudición de estos hombres, que era mitad error y superstición, para conducirnos a la luz del mundo. La visita de ellos era una profecía de cómo, en el futuro, el mundo gentil recibiría la doctrina y salvación divinas y traería sus riquezas y talentos, su ciencia y filosofía para ofrecerlos a los pies de Jesús.
Todos éstos se colocaron alrededor del niño para adorarle; los pastores con su sencilla admiración, Simeón y Ana con la reverencia aumentada por la sabiduría y la piedad de largos años, y por último los Magos con sus valiosos dones del Oriente y sus almas preparadas para recibir la instrucción. Pero mientras estos ilustres adoradores contemplan al niño, podemos ver con la imaginación cómo aparece tras ellos, un semblante siniestro y asesino.
Este era Herodes. Este príncipe ocupaba entonces el trono de la nación, el trono de David y de los Macabeos. Era un usurpador extranjero de baja cuna; sus súbditos lo aborrecían, y ocupaba el trono solamente por el favor de los romanos. Era capaz, ambicioso y espléndido. Sin embargo, tenía un alma tan cruel, astuta, sombría e impura, que solamente podía encontrarse entre los tiranos de los países orientales. Había sido culpable de todos los crímenes, y había por decirlo así hecho nadar su palacio en la sangre de su esposa, de sus tres hijos, y de muchos de sus parientes. Ahora en su vejez estaba atormentado por las enfermedades, los remordimientos, el odio del pueblo, y el cruel temor que le causaba el pensamiento de que se levantara un aspirante al trono que él había usurpado.
Los magos habían tenido que llegar a la capital para preguntar dónde había de nacer Aquel cuya estrella habían visto en el Oriente. Esta pregunta hirió a Herodes en su punto más susceptible, pero con diabólica hipocresía ocultó sus temores. Habiendo sabido por los sacerdotes que el Mesías nacería en Belén, hacia allá dirigió a los extranjeros e hizo de modo que volviesen y le dijeran con exactitud dónde se encontraba el nuevo Rey, a quien esperaba destruir de un solo golpe. Sus planes fueron frustrados. Los magos, amonestados por Dios para que no volviesen, regresaron a su país por otro camino.
Entonces su furia estalló como tempestad y envió sus soldados a que matasen en la ciudad de Belén a todos los niños de dos años abajo. Tan fácil le hubiera sido hender una montaña de diamante como cortar la cadena de los designios divinos. Metió su espada al nido, pero ya el pájaro había volado. José y María huyeron con el niño a Egipto y allí permanecieron hasta la muerte de Herodes. Volvieron después, y residieron en Nazaret, siendo amonestados que no fueran a Belén, porque allí hubieran estado en los territorios de Arquelao, hijo de Herodes y semejante a su sanguinario padre. El semblante asesino de Herodes, contemplando de una manera malévola al niño, era una triste profecía de cómo los poderosos del mundo habían de perseguirlo y cortar su vida de sobre la tierra.
domingo, 4 de septiembre de 2011
SU HOGAR
Sabemos cuáles fueron las influencias del hogar en que fue educado. Su hogar era uno de aquellos que hacían la gloria de su país como la hacen de los nuestros, hogares de piadosos e inteligentes artesanos. José, el jefe de la familia, era un hombre sabio y santo; pero el hecho de que no se le menciona en el resto de la vida de Jesús ha hecho que se crea generalmente que murió durante la juventud de Cristo, dejando a es e el cuidado de la familia.
Su madre probablemente ejerció la más decisiva de todas las influencias exteriores sobre el desarrollo de Jesús. Lo que era ella puede inferirse del hecho de haber sido escogida de entre todas las mujeres del mundo, para ser coronada con el más alto honor que a una mujer pudiera concedérsele. El cántico que de ella nos queda, tocante a su gran privilegio, nos la presenta como un alma religiosa, rebosante de fervor poético y de patriotismo, y como una mujer que estudiaba las Escrituras y especialmente lo relativo a las mujeres célebres, porque está saturado del Antiguo Testamento y amoldado sobre el cántico de Ana. Ella no fue una reina milagrosa de los cielos, como la califica la superstición, sino una mujer pura, eminentemente santa, amante y de alma elevada. No necesita ella más aureola. Bajo el influjo del amor de María crecía Jesús, que igualmente la amaba con amor ardiente.
Había otros miembros de la familia; tenía hermanos y hermanas. De dos de ellos, Santiago y Judas, tenemos Epístolas en las Escrituras, y por ellas podemos conocer sus caracteres. Tal vez no sea irreverente inferir del tono severo de sus escritos, que en el estado de incredulidad deben de haber sido de carácter duro y poco simpático. Nunca creyeron en Jesús durante su vida y probablemente no fueron sus compañeros muy íntimos en Nazaret. Es probable que estuvo solo la mayor parte del tiempo, y lo patético de su dicho que "no hay profeta sin honra sino en su tierra y en su casa" tuvo también aplicación aun antes de que él iniciara su ministerio.
jueves, 4 de agosto de 2011
INFLUENCIA EDUCATIVA
Entraba en contacto íntimo con la naturaleza humana por motivo de su oficio. No cabe duda de que él trabajaba como carpintero en el taller de José. ¿Quiénes podían conocerlo mejor que los que vivían en el mismo lugar y los que, más tarde, admirados por su predicación, exclamaron: "¿No es éste el carpintero?". Sería difícil comprender plenamente la significación del hecho de que de entre todas las condiciones en que Dios pudiera haber colocado a su Hijo, durante su permanencia entre los hombres, escogiese la de un artesano. Este hecho selló con eterno honor el trabajo del obrero. Hizo también que Jesús se familiarizase con los sentimientos de la multitud y le ayudó a conocer lo que es el hombre. Después se dijo que él sabía esto tan perfectamente, que no necesitaba que ningún hombre se lo enseñase.
Los viajeros nos dicen que el lugar en donde él creció es uno de los más hermosos de la tierra. Nazaret está situado en un valle apartado, en forma de cuenca, entre las montañas de Zabulón, precisamente en donde éstas descienden al valle de Esdraelón, con el cual está unido por una vereda escarpada y pedregosa. Sus blancas casas. con vides que trepan por las paredes, se medio ocultan entre los huertos y arboledas de olivo, higuera, naranjo y granado. Sus campos están divididos por cercas de cacto, y adornados con flores de diferentes colores. Tras la aldea se levanta una colina de 150 metros de altura, desde cuya cima se disfruta de una de las vistas más hermosas del mundo. Al norte se ven las montañas de Galilea, y las cumbres del Hermón cubiertas de nieve; al oeste, la cumbre del Carmelo, la costa de Tiro y las relucientes aguas del Mediterráneo; a unas cuantas millas al este, la masa cónica del Tabor; y al sur el llano de Esdraelón con las montañas de Efraín más allá.
La predicación de Jesús nos muestra cuan profundamente él había aspirado la esencia de la belleza natural y lo mucho que se había deleitado en los variados aspectos de las estaciones. Fue mientras andaba por estos campos cuando era joven que recogió aquellas hermosas figuras que usaba con tanta abundancia en sus parábolas y discursos. En aquella colina adquirió el hábito de su vida posterior, de retirarse a las montañas para pasar la noche en oración solitaria. Las doctrinas de su predicación no fueron formuladas en el momento de pronunciarlas. Fueron emitidas como una corriente al presentarse la ocasión, pero el agua de ella se había estado recogiendo en un recóndito manantial durante muchos años. Su doctrina la había desarrollado en los campos y en las montañas durante los años de feliz y tranquila meditación y oración.
Debe mencionarse todavía otra influencia educativa. Cada año, después de haber cumplido los doce años, iba con sus padres a Jerusalén, a la fiesta de la Pascua. Afortunadamente tenemos el relato de la primera de estas visitas. Es la única ocasión durante treinta años, en que el velo de lo desconocido se levanta un tanto.
Todos aquellos que recuerdan su primer viaje de la aldea a la capital de su país, comprenderán el gozo y agitación que debe de haber experimentado Jesús al salir del hogar. Por más de 100 kilómetros el camino atraviesa una región de la cual cada kilómetro rebosaba de recuerdos históricos e inspiradores. El se unió a la creciente caravana de peregrinos que caminaban, llenos de entusiasmo religioso, para conmemorar la gran fiesta eclesiástica del año. Se dirigía hacia una ciudad que cada corazón judío amaba con una intensidad mayor que la que se haya dado jamás a cualquier otra capital. Una ciudad llena de objetos y recuerdos a propósito para tocar las más profundas fuentes de interés y emoción en su alma.
En tiempo de la Pascua la ciudad hervía con forasteros de más de 50 países diferentes, que hablaban otros tantos idiomas y vestían otros tantos trajes diferentes. Jesús tomaba parte, por primera vez, en una solemnidad antigua y llena de recuerdos patrióticos y sagrados. No ha de extrañarnos que cuando llegó el día en que debía volver, estuviese tan excitado con los nuevos objetos de interés, que no se uniese a la compañía en el lugar y tiempo señalados. Un lugar fascinaba su interés sobre cualquier otro: el templo, y especialmente la escuela donde enseñaban los maestros de la sabiduría. Su mente rebosaba de preguntas, cuya aclaración podía pedir a aquellos doctores. Su sed de sabiduría tenía la primera oportunidad para satisfacerse. Allí pues, escuchando a los oráculos de la sabiduría de aquel tiempo y con la excitación pintada en su semblante, le hallaron sus atribulados padres, que volvían con ansiedad para buscarlo, habiéndole echado de menos después de la primera jornada hacia el Norte.
Su respuesta a la pregunta un tanto represiva de su madre, descubre el carácter de su alma en el tiempo de su juventud, y nos deja ver ampliamente los pensamientos que lo ocupaban en las campiñas de Nazaret. Nos muestra que a pesar de su juventud se había elevado ya sobre las masas del pueblo, las que pasan la vida sin preguntarse cuál será la significación o el término de la existencia. Sabía que había de desempeñar una misión divinamente señalada, cuyo cumplimiento debía ser la sola ocupación de su vida. Este fue el pensamiento ardiente de toda su vida posterior. Debiera ser el primero y el último pensamiento de toda vida. En la vida posterior de Jesús vemos que con frecuencia repite en sus predicaciones ese pensamiento, y por último lo oímos resonar, cual campana de oro, al concluir su obra, en aquellas palabras tan solemnes: " ¡Consumado es!". Se ha preguntado con frecuencia si Jesús supo siempre que era el Mesías, y en caso contrario, cómo y cuándo le vino este conocimiento; si le fue sugerido al oír a su madre referir la historia de su nacimiento, o si le fue anunciado por inspiración interior. ¿Vino este conocimiento de una sola vez, o gradualmente? ¿Cuándo fue que tomó forma en su alma el plan de su carrera, que llevó a cabo tan resueltamente desde el principio de su ministerio? ¿Fue el lento resultado de años de reflexión, o le vino instantáneamente? Estas preguntas han ocupado la atención de los más eminentes cristianos, y han recibido muy diferentes contestaciones. Y no me atreveré a resolverlas; mucho menos, teniendo delante la respuesta que dio a su madre, me permito pensar en que haya habido un tiempo en que no supiese cuál iba a ser su misión en este mundo.
Sus visitas subsecuentes a Jerusalén deben de haber tenido mucha influencia sobre el desarrollo de su carácter. Si volvió con frecuencia a escuchar y a hacer preguntas a los rabinos de las escuelas del templo, no debe de haber tardado en descubrir cuan superficial era su renombrada sabiduría. Es probable que en estas visitas anuales descubriese la completa corrupción de la religión de aquel tiempo, y la necesidad de una reforma radical tanto en la doctrina como en la práctica, y marcase las prácticas y las personas que más tarde había de atacar con la vehemencia de su indignación sagrada.
Tales fueron las condiciones externas entre las cuales creció Jesús hasta la edad madura. Sería fácil exagerar la influencia que pudiera suponerse que ejercieron sobre su desarrollo. Mientras más grande y original sea el carácter, menos depende de las peculiaridades de su situación. Se alimenta de las fuentes profundas que tiene dentro de sí, y en su germen encierra un tipo que se desarrolla según sus propias leyes y que desafía las circunstancias. En otras circunstancias cualesquiera, Jesús hubiera llegado a ser, en todos los puntos esenciales, exactamente la misma persona que llegó a ser en Nazaret.
Vida de Jesucristo por James Stalker
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